Con Pau miramos una pelicula en mi cama y al final ella se quedó a dormir conmigo. En la madrugada me desperté y como no la vi, grité y le dije que viniera rápido. Apenas grité me volví a despertar.
K.
Caminaba lentamente por el andén, su mirada iba puesta en un destino inconcluso tapado por una cortina de cabezas, carros y paredes. Cruzando este panorama aparecio una polilla sin importancia.
-Fidel, pillate la camisa.
Fidel miró que del bolsillo de su camisa empezaban a salir polillas que se dividian sobre la tela.
-¡Qué es esta mierda!. Y con los ojos grandotes empezó a sacudirlas, pero entre mas las manoteaba aumentaban gradualmente su proporción. Luis Guzmán, el que le advirtió sobre lo que sucedía, intentó ayudarlo sacudiéndolo con su chaqueta, pero ésta al primer golpe se lleno de candela.
-¡Ayudenlo, se lo están comiendo! Gritó Guzmán, pero la gente rodeó a Fidel para mirar cómo estaba siendo devorado por las polillas que lo habían cubierto por completo.

El demonio estaba aferrado a la lámpara. Era más facil botarla para sacarlo, que intentarlo con oraciones y luchas espirituales.Pero el afecto por el objeto heredado desde hacía casi dos siglos, cuando el primero de los Gutierrez había pisado tierra caucana trayendo una mochila donde guardaba ésta, podía más que cualquier turbación espectral. Así se levantaron todos los descendientes de Don León Gutierrez: soportando aullidos y sombras para no perder la herencia que debia seguir pasando de generación en generación, como lo había pedido León antes de dar el ultimo vistazo a su lámpara: su demonio.
Una vez me salí del cuerpo y comencé a caminar por los pasillos del hospital. Al fondo habían dos hombres grandes que estaban arrancándole la lengua a una anciana, cuando miré a mi lado izquierdo en una habitación había un demonio gritando de alegría por tener ya una docena de corazones en un plato, en eso me miró y yo comencé a correr entre unas paredes agrietadas que estaban llenas de sangre. Gritos de angustia y risas de burla comenzaron a invadir el hospital. Los gritos de un niño me llamaban y sabía que no era para algo bueno, por eso cubrí un escritorio con la sábana de una camilla y me escondí. Los demonios habían llegado para arrancar los órganos de los enfermos, eso lo entendí de una. Entre ellos habían jerarquías, unos eran los que daban órdenes y otros los que obedecían. Me di cuenta que entre ellos habían enfrentamientos por la ambición de los órganos. Cuando sentí que me habían descubierto comencé a correr, sentí temor por lo que le habrían podido hacer a mi cuerpo, pero apenas llegué y vi que estaba bien, reaccioné volviendo en mí mismo.
El murmullo de la novela se quedó en silencio ante lo sucedido; hasta los actores miraron atonitos hacia fuera de la pantalla. Todo parecía tomar su lugar en la noche, pero el desajuste no se hizo esperar. Fue un ruido infernal. Provenía del primer piso, de la reja del patio que fue sacudida como ningún humano lo podría hacer. El estremecimiento comenzó muy sutil pero nadie se alarmó creyendo que era Platón, el pastor alemán que cuidaba el patio. Pero no, no era el animal. Y cuando el estremecimiento aumento en un lapso de unos 15 segundos, todos dejaron sus quehaceres, incluso los del sueño, para preguntarse sobre lo que estaba sucediendo. Cuando las rejas se estremecieron apocalípticamente, toda la familia salió a asomarse por la ventana para ver como las varillas eran movidas por nadie.